Reflexiones ante la enfermedad mental

Publico aquí parte de un correo electrónico que le escribí a alguien recientemente:

Me encanta cruzarme en mi caminar por la vida con personas que sufren algún tipo de problema de salud mental y que aun así luchan y viven y consiguen ser excelentes en lo que hacen —y tú lo pareces—, porque sé por experiencia lo que eso cuesta y la admiración que merece. Yo tengo trastorno bipolar, y las he pasado muy putas en el pasado. Cada día doy gracias de estar ahora mejor, y sobre todo de encontrar cada vez que me caigo las fuerzas para levantarme, sea más o menos grande la caída. (Afortunadamente, no ha habido grandes caídas en los últimos dos o tres años. Antes de eso... tres años sin poder hacer caso a la Universidad.)

En cualquier caso, y por mor de ir al grano, sólo me gustaría decirte las siguientes tres cosas, por si alguna de ellas te parece digna de consideración. Y lo hago, quizá, porque me gustaría vivir en un mundo en el que los problemas de salud mental no estuvieran estigmatizados —como no lo están, por decir algo, el cáncer o la invalidez o la gripe—. Sí es verdad que las cosas están cambiando, pero lamentablemente todavía hay gente convencida de que por ejemplo la gente que se deprime sin motivo en realidad lo que le pasa es que son unos vagos o unos cobardes.

La primera de estas tres cosas que quería decir es que, tenga uno lo que tenga, siempre hay personas en la misma situación, y que a su vez luchan por vivir y por vivir bien y por excelear. Sin embargo, el propósito de esta consideración no es, ni mucho menos, consolarse (no hay nada peor para cualquier enfermedad que tenerse lástima y permitir que otros la sientan), sino encontrar inspiración. Recuerdo que al poco de ser diagnosticado leí una lista de personas notables con las que compartía diagnóstico. Personas admirables por su trabajo (hell, Newton!, pero también p.ej. desarrolladores de Debian como yo) y que, incidentalmente, tenían ese algo en sus vidas también.

La segunda cosa es una frase que proviene (si no estoy equivocado) del cristianismo, y eso que yo no profeso esa religión. Antes de decir la frase, déjame explicar por qué creo yo que es tan potente como idea: porque cuando una persona hace un acto de fe, y la cree, inmediatamente esa persona tiene poderes y fuerzas que no tenía antes. La frase dice algo así como que Dios nunca da a nadie una cruz que no pueda soportar, que sea mayor que él o superior a sus fuerzas. Yo no creo que Dios reparta cruces, sino que simplemente te vienen como parte de la vida, pero estar convencido de que las que tengo conmigo de momento, puedo con ellas, eso es muy, muy empowering.

La última cosa también se podría resumir en otra frase, la máxima griega (?) “Conócete a ti mismo”, y ahora explicaré por qué. En mi mano a mano con esta enfermedad, he encontrado que una de las cosas que más me ha ayudado (quizá, no lo sé, sólo en conjunción con los compuestos químicos) es saber exactamente de qué pie cojeo, y cómo y cuándo y por qué cojeo: a día de hoy tengo el don de verme venir las cosas, de saber cuándo por ejemplo unos pensamientos negativos se están haciendo demasiados grandes y debo abortarlos por lo que pudiera pasar después. En otras palabras, es imposible poder prevenir o aliviar nada si no se ve venir a decenas de metros de distancia.

Y eso es todo. He leído también en tu blog algo de no poder imaginar que tu vida vaya a ser siempre así. No sé qué pensarás ahora de eso, pero yo miro al futuro siempre con esperanza, y con la certeza de que cada vez lo torearé mejor.