Terenci’s memoirs, reader’s block, and an excerpt in Spanish

Last week I borrowed from the library El peso de la paja, Terenci Moix’s memoirs. I find it intriguing how having his memoirs in my hands only managed to trigger the sad memory of the day he died after some days, and not immediately.

Terenci Moix died in April, 2003. For some time by then, I used to listen to La Ventana, a radio show conducted by (the oh-so-marvelous) Gemma Nierga, where Terenci would share a space with Boris Izaguirre a couple times a week, I think. I remember myself most avid for that half an hour: I found their talk fascinating. (I must investigate some time, or have somebody find out, whether it’d be possible to access to those recordings now. It is something I’d love to have, for those inevitable days of melancholia.) In the preceding months, too, I had started reading some of Terenci’s books: El día que murió Marilyn, Garras de astracán, and also Preguntar no és ofendre.

I clearly remember myself crying in the rest rooms on campus while listening to La Ventana that day. He was probably one, if not the first public character who died while being a dear part of my life, and I was also young and easily affected.


For a long, long time I’ve had some kind of «reader’s block». I used to read an awful lot in my teen years and very early twenties, but somehow all that stopped when I started doing computery stuff and despite my repeated attempts to get back on track. I’ve also elaborated an assorted set of explanations for this. The latest of them, derived from the pleasure with which I’m reading Terenci’s memoirs, that it may be the time for me to look more into non-fiction, which I’ve always neglected.


Cinema was a very strong force in Terenci’s life. Not only he wrote important texts on Hollywood movies from the 40’s, 50’s and 60’s (and a History of cinema together with Pere Gimferrer that got stolen and lost forever before publication), it also influenced his views of the world. Early in his memoirs, the following text is found, which I found moving:

[...] solía ensimismarme en juegos siempre solitarios o en la contemplación de unas imágenes que constituyen mi primer recuerdo, el primer signo reconocible de mi vida.

Era la vidriera de la entrada el punto fijo de aquella mi observación diaria, de aquel ensimismamiento. Y no porque a través de los cristales se vislumbrase la calle como punto posible de escapatoria —tan estrecha era que no me permitía imaginar horizontes—, sino a causa de los carteles que solían dejar semanalmente varios cines de la barriada.

Eran pasquines amarillentos, impresos a toda prisa en cualquier imprenta barata de las cercanías. Tipografías tristonas que anunciaban, en letras rudimentarias y carentes de imaginación, los títulos de las dos películas de la semana, amén de las frases de publicidad destinadas a pontenciar sus atractivos. En medio de aquella composición desangelada, aparecían dos recuadros que contenían a su vez dos folletos de colores. Eran los inolvidables «programas», que los demás mortales obtenían de los cines, previo pago de su localidad, y que a mí me llegaban en sobreabundancia y sin moverme de casa.

Permanecía sentado horas enteras ante una de las mesas de mármol, y desde allí fijaba los ojos en los carteles de la vidriera, y muy especialmente en los reducidos programas cuyos rostros, preferentemente yanquis, llegaron a ser tan habituales como las clientas, las vecinas y los familiares. Y aquí me corresponde agradecer con ternura aquella costumbre, hoy perdida, el hábito entrañable de una época que todavía no había descubierto el derroche de las grandes campañas publicitarias. Pues incluso los anuncios más sofisticados eran grises como el ambiente y olían a rancio como nuestras casas.

Los cines humildes de mi ciudad anunciaban su mercancía por las tiendas de los barrios y éstas recibían a cambio un par de localidades válidas para días no festivos. Y a fe que la Granja de Gavá estaría considerada un foco de atracción de vital importancia para que tantos cines distantes entre sí fueran a dejar en mi vidriera sus reclamos y en mi bolsillo sus localidades. Esta concesión me convirtió en un Pequeño Lord de los cinéfilos en gestación.

Cada semana, esperaba ansiosamente al encargado de cambiar los carteles. A primeras horas del lunes, tomaba un minúsculo taburete, que nunca me ha abandonado, y me sentaba junto a la vidriera, atisbando hacia el fondo de la calle, por donde solía llegar el cartelero. Y a veces constituía una espera larga porque, en su reparto, tenía que detenerse antes en otras tiendas o simplemente se entretenía dando localidades por lo bajo a alguna vecina de buen ver. Cuando el hombre llegaba, corría hacia él y me aferraba a sus piernas, suplicando que me entregara los carteles sin esperar a los demás. Y en ocasiones me reñía, porque en la impaciencia por aumentar mi colección arrancaba los pequeños folletos de colores días antes de cumplirse el plazo de exhibición.

Mientras el resto del mundo tenía que conformarse con una sesión de cine por semana, yo pasé mis primeros años consumiendo una sesión diaria. Porque a fin de aprovechar las localidades gratuitas, mis tías casi me obligaron a faltar al colegio todas las tardes de mi niñez. De manera que, gracias a la bendita incongruencia de mi familia, mis días están más llenos de cine que de estudios. Y, así, en lugar de deformarme la Iglesia lo hizo la Metro Goldwyn Mayer.