Cuando la emoción es tesoro
Supongo que podría decirse que el principal propósito del arte es emocionar, y que la posibilidad de emocionar a otros con el trabajo propio es una de las características más envidiables de los creadores de arte. Hay muchas maneras de crear emociones, pero en esta entrada me centraré en el arte cuyo propósito es emocionar a base de belleza.
Lo que más me fascina de la emoción que surge sólo de la belleza es su imprevisibilidad. Si hablamos de emociones creadas por el contenido de una obra de arte, es fácil determinar de manera objetiva (o a partir de la experiencia) qué partes de la obra van a crear qué emociones, cuándo y con qué intensidad, al menos para una buena parte de la gente. Sin embargo, si hablamos de emociones creadas por la forma de la obra, ¿es posible determinar en qué instante o posición de la misma va a activarse el bit de la emoción en el receptor?
En lo que llevo de vida he escuchado miles de canciones, y un buen porcentaje me gustan o directamente me encantan e incluso emocionan. Como es natural, a los intérpretes de estas canciones no les sorprenderá saber que alguien disfruta con sus canciones.
Sin embargo, también tengo en mi cabeza (y es probablemente uno de mis bienes más preciados) un compendio de instantes dentro de algunas de esas canciones que me emocionan especialmente, que la voz se pega una carrera hasta mi bit de la emoción y me lo dispara de uno a dos o tres o cuatro.¹
Si yo fuera cantante, seguro que me emocionaría la explicitud de ver a la gente emocionándose con mi trabajo en los conciertos, pero creo que me satisfaría aún más soñar que una o dos o tres o cuatro de mis interpretaciones forman parte de esas colecciones de instantes tan exclusivas y valiosas, y me placería sobremanera ignorar cuáles serían tales momentos.
(¹) Qué maravilla las hipérboles de un solo dígito.