Mi segunda máquina de escribir

Aprendí mecanografía en el año 94, con 12 años. Haber sido llevado a clases particulares de mecanografía e inglés en aquellos años es algo por lo que siempre estaré agradecido.

En la academia de mecanografía había máquinas Olivetti Línea 98. Mi madre tenía también una, y en casa estuve prácticando con ella durante un tiempo. Al año siguiente (un año antes de comprar el primer ordenador) compramos una eléctrica.

Por aquella época, las máquinas de escribir más modernas (y que recuerdo que un amigo se compró) tenían una pequeña pantalla y memoria para poder escribir unas líneas en ella, y mandarlas «a imprimir» cuando uno estaba seguro de que no había errores.

La mía no tenía memoria, al menos no propiamente dicha. Tenía, sin embargo, función para centrar texto. Para hacer esto en una máquina de escribir es necesario conocer la longitud de la línea antes de empezar a soltar tinta en el papel. Esta máquina permitía, para implementar esto, teclear la línea a centrar al completo, a ciegas, almacenándose en un buffer que luego era impreso (centrado) todo de golpe.

A falta de memoria-memoria, yo me decidí a hacer uso de esta funcionalidad como sucedáneo: tecleaba mis líneas a ciegas, centrándolas todas pero añadiendo espacios al final para obtener alineación a la izquierda, y agudicé la habilidad de detectar si me había equivocado sin mirar al papel.

Habilidad interesante si hubiera acabado de mecanógrafo o transcriptor, pero que hoy he perdido ya, al menos en gran parte.